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30 marzo, 2026 by Cultura, Equidad

Especial Pole Dance: Cuatro historias que desafiaron la gravedad I Historia I

Por: Uriel Naum Avila

Fotografía: Japuaro

Un cuerpo que gira en el aire, sostenido en un tubo metálico, puede parecer un espectáculo de destreza o un movimiento provocador. Pero quienes practican pole dance saben que ocurre algo más: cada giro es una forma de soltar cargas, de transformar cicatrices en movimiento, de habitar el cuerpo con orgullo.

En Latinoamerica, esta disciplina que muchas veces quienes no la conocen a profundidad la reducen a un baile exótico en la penumbra de un club nocturno, se ha convertido en un espacio de pertenencia y resistencia, donde mujeres y hombres encuentran una manera de reconstruirse, desafiar estigmas y reclamar el cuerpo como territorio de dignidad.

Exige fuerza, disciplina y entrega, pero también ofrece algo que no se mide en músculos ni en flexibilidad: la posibilidad de sanar. Quienes se aferran al tubo metálico, descubren que puede ser un lugar seguro, un refugio, un asta donde la bandera es el cuerpo y ondea a ritmo de la libertad.

Estas cuatro historias son prueba de ello. Son relatos de personas que, al abrazar el pole dance, aprendieron a desafiar la gravedad con el cuerpo y la vida misma. Historias que muestran que no solo se trata de una disciplina, sino de un acto de reconstrucción, un recordatorio de que, incluso en la adversidad, siempre se puede volver a girar.

Historia 1. La libertad de simplemente ser

María Luisa Solórzano nació en 1938. Es madre de 10 hijos, abuela de 14 y bisabuela de 11. Su matrimonio estuvo marcado por el trabajo y la rutina. Pero a los 87 años, su historia no se cuenta en silencios ni en quejas del pasado: se cuenta en música, en baile y en un tubo metálico que la hace sentir “realizada y feliz”.

Desde niña, el baile fue su refugio. Con una escoba en mano, recuerda convertir el quehacer en danza. El mambo de Pérez Prado la “prendía” y la hacía sentir viva. Varias décadas después, cuando el pole dance se popularizó en México, María Luisa no dudó en ponerse “el shortcito” de entrenamiento. “A pesar de ser independiente, sentí que el pole me hacía sentir más libre”, dice sonriendo.

Su independencia es radical. No espera a que sus hijos la visiten ni a que alguien la invite a comer. Si quiere un café, va sola. Si quiere entrenar, se mueve de clase en clase: pole, ritmos latinos, spinning, jumping; así es su día. “Soy la mujer más feliz del mundo, incluso más que las que tienen mucho dinero”, asegura. Su “penthouse”, un cuarto de cuatro por cuatro, es tan pequeño que la lleva a no tener más de lo necesario, y en eso consiste su felicidad.

El pole le dio algo que su generación nunca había tenido: la posibilidad de mostrar el cuerpo sin culpa. Recuerda que, durante sus embarazos, debía cubrirse con batas anchas y que los hombres no acariciaban el vientre de sus esposas ni hablaban con el bebé. “Yo crecí bajo la idea de que solo servía para el quehacer y para tener hijos”, confiesa. Hoy, en la figura de La rana, con las piernas elevadas y el cuerpo sostenido apenas por el tubo, dice sentirse liberada de ese pasado.

Cada domingo una de sus nietas la acompaña a tomar clases de pole, mientras mira con admiración a la abuela. “Cocina muy rico y me gusta subirme al tubo con ella”, dice la pequeña de siete años. María Luisa ríe. Sabe que su ejemplo no solo inspira a su familia, sino también a otras mujeres que la ven bailar en hospitales a los que acude para hacerle la vida más fácil a los enfermos que se encuentran en cama o silla de ruedas. “Nunca digan ‘no puedo’; esa palabra no debe existir”, repite como mantra a sus compañeras de pole.

Autodidacta, lectora apasionada de la historia, mujer que aprendió a ser fuerte en un tiempo donde las mujeres eran casi invisibles, María Luisa se ha reinventado. “Del rostro para abajo tengo 18 (años)”, dice mientras calienta los músculos del cuerpo para otra clase. Su mensaje es simple y poderoso: ser feliz y ser uno mismo.

El pole dance, no lo percibe como un espectáculo o un deporte. Para ella, es la prueba de que la libertad puede llegar a cualquier edad, que el cuerpo puede seguir girando aunque la vida haya pesado demasiado. Y que la felicidad, como el mambo número 8, nunca pasa de moda.

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