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1 abril, 2026 by Cultura, Equidad

Especial Pole Dance: Cuatro historias que desafiaron la gravedad I Historia III

Por: Uriel Naum Avila

Fotografía: Japuaro

Un cuerpo que gira en el aire, sostenido en un tubo metálico, puede parecer un espectáculo de destreza o un movimiento provocador. Pero quienes practican pole dance saben que ocurre algo más: cada giro es una forma de soltar cargas, de transformar cicatrices en movimiento, de habitar el cuerpo con orgullo.

En Latinoamerica, esta disciplina que muchas veces quienes no la conocen a profundidad la reducen a un baile exótico en la penumbra de un club nocturno, se ha convertido en un espacio de pertenencia y resistencia, donde mujeres y hombres encuentran una manera de reconstruirse, desafiar estigmas y reclamar el cuerpo como territorio de dignidad.

Exige fuerza, disciplina y entrega, pero también ofrece algo que no se mide en músculos ni en flexibilidad: la posibilidad de sanar. Quienes se aferran al tubo metálico, descubren que puede ser un lugar seguro, un refugio, un asta donde la bandera es el cuerpo y ondea a ritmo de la libertad.

Estas cuatro historias son prueba de ello. Son relatos de personas que, al abrazar el pole dance, aprendieron a desafiar la gravedad con el cuerpo y la vida misma. Historias que muestran que no solo se trata de una disciplina, sino de un acto de reconstrucción, un recordatorio de que, incluso en la adversidad, siempre se puede volver a girar.

Historia 3. Para qué rezar, si puedo danzar

Karla Ibeth Vidal es  maestra en la academia Pole Fitness Charleen. Desde muy joven le gustó hacer ejercicio, pero en 2012, siendo madre de dos niñas, tuvo la inquietud de buscar algo distinto a lo que ofrecían los gimnasios tradicionales: aparatos y rutina.

Con esa esa idea rodando en su cabeza, buscó un estudio de pole dance cerca de su casa, y en menos de un mes lo había encontrado. Le gustó tanto la experiencia, que desde el primer día se mentalizó para no solo ser alumna, sin instructora. “¿Qué tengo que hacer?, le dije a la maestra al salir de la clase muestra”.

Esa decisión marcó el inicio de un camino que, años más tarde, la llevaría a abrir su propio estudio, un espacio al que dio el nombre de su primera mentora, Charleen, quien la introdujo al mundo del pole y le cambió la perspectiva de la vida, con consejos que, años después, sigue considerando.

El estudio pronto se convirtió en comunidad. Llegaron amigas, familiares, compañeras del gimnasio. Mujeres que al principio no decían que practicaban pole ni  a sus parejas, que no se atrevían a quitarse las calcetas, y que poco a poco fueron descubriendo otra forma de habitar su cuerpo. “‘Gracias, ahora puedo usar traje de baño sin miedo’, me confesó una alumna después de algunas clases”, dice Karla.

Pero el pole no solo transformó a sus alumnas, también la sostuvo a ella. En 2022, su esposo murió en un accidente de motocicleta. El golpe emocional fue brutal, pero el estudio de pole dance fue su sostén. Durante la hospitalización de su esposo, una alumna le llevaba comida al hospital para que no descuidara su dieta. Otra la acompañaba en silencio. “El pole me obligó a seguir adelante”, dice con voz quebrada.

Ya antes había enfrentado otra pérdida, la de su padre. Cuando murió, ella se preparaba para una competencia. Después de mucho pensarlo, decidió participar y obtuvo un segundo lugar. Esa experiencia le enseñó que el dolor no se evita, se atraviesa. Y que el pole, con su exigencia física y emocional, puede ser un espejo de la vida: “Las chicas que se atreven y perseveran son las que se quedan. En la vida pasa igual”.

También cuando falleció su esposo tenía una competencia en puerta, y se animó a presentarse en ella porque no buscaba un lugar en el podio, sino sanar. Al terminar su rutina, lloró. Fue liberador. “Encontré mi voz interior y entendí que no necesito la aprobación de nadie”, recuerda.

Su figura favorita es Aysha, un movimiento invertido en la que el cuerpo queda paralelo al tubo, con la cabeza hacia abajo y las piernas extendidas hacia arriba, que da la impresión de flotar en el aire. “No usas las manos para sujetarte, y eso genera miedo”. Para Karla, esa inseguridad refleja lo que se vive fuera del pole: “buscamos siempre un punto de apoyo, cuando en realidad todo el cuerpo puede sostenernos”.

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En el muslo izquierdo Karla lleva un tatuaje que dice: “Para qué rezar, si puedo danzar”. No es solo un trazo en la piel, es una declaración de vida. Aplica para la danza prehispánica que también práctica y para el pole dance. Cada vez que sube al tubo metálico, esa frase cobra sentido: el movimiento como refugio, como respuesta frente a la adversidad.

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