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2 abril, 2026 by Cultura, Equidad

Especial Pole Dance: Cuatro historias que desafiaron la gravedad I Historia IV

Por: Uriel Naum Avila

Fotografía: Japuaro

Un cuerpo que gira en el aire, sostenido en un tubo metálico, puede parecer un espectáculo de destreza o un movimiento provocador. Pero quienes practican pole dance saben que ocurre algo más: cada giro es una forma de soltar cargas, de transformar cicatrices en movimiento, de habitar el cuerpo con orgullo.

En Latinoamerica, esta disciplina que muchas veces quienes no la conocen a profundidad la reducen a un baile exótico en la penumbra de un club nocturno, se ha convertido en un espacio de pertenencia y resistencia, donde mujeres y hombres encuentran una manera de reconstruirse, desafiar estigmas y reclamar el cuerpo como territorio de dignidad.

Exige fuerza, disciplina y entrega, pero también ofrece algo que no se mide en músculos ni en flexibilidad: la posibilidad de sanar. Quienes se aferran al tubo metálico, descubren que puede ser un lugar seguro, un refugio, un asta donde la bandera es el cuerpo y ondea a ritmo de la libertad.

Estas cuatro historias son prueba de ello. Son relatos de personas que, al abrazar el pole dance, aprendieron a desafiar la gravedad con el cuerpo y la vida misma. Historias que muestran que no solo se trata de una disciplina, sino de un acto de reconstrucción, un recordatorio de que, incluso en la adversidad, siempre se puede volver a girar.

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Daniel Avilés se acercó al pole dance por una motivación peculiar: conquistar a la maestra que impartía la clase. Y lo logró: pasado un tiempo, terminó casándose con ella. Compartir más tiempo juntos le permitió pulir su técnica y trabajar con más rapidez en figuras y movimientos.

Cuando su esposa quedó embarazada de su primera hija y ya no pudo continuar al frente de las clases, fue Daniel quien tomó el relevo. “Me daba miedo”, recuerda. “Pensaba: son puras mujeres, ¿cómo voy a darles clase?”. Pero enfrentó la incomodidad y descubrió algo que lo marcaría para siempre: dejó de ver el pole dance como un baile y comenzó a percibirlo como un entrenamiento físico y mental que lo retaba.

Daniel se preparó, tomó talleres con artistas internacionales y en 2018 se lanzó a su primera competencia: Pole Talents México. El evento coincidió con uno de los momentos más duros de su vida: la muerte de su padre. El duelo lo golpeó con fuerza, pero el pole dance lo sostuvo. “Competir fue lo que evitó que cayera en depresión; fue un golpe duro para mí”, dice. Subirse al escenario, ejecutar cada figura, fue su manera de resistir. En esa ocasión obtuvo el segundo lugar, pero lo más importante fue que encontró en el pole una tabla de salvación.

Cuando comenzó a hacer del pole una profesión, en reuniones entre amigos, en tono de “broma”, más de uno le ofreció “pagarle por un baile”, reduciendo esta disciplina a un acto de strippers. Otros lo llamaron con palabras hirientes. Pero él aprendió a responder sin filtros: “Este joto tiene más fuerza que tú”, les decía con ironía, haciéndoles ver que el pole exige más que muchas otras rutinas de gimnasio.

De ahí en adelante, el pole se convirtió en su vida. Fundó Bunny Studio junto a su esposa, primero en el garage de sus suegros, después en un espacio más grande.

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También desarrollaron una marca de ropa para quienes no podían pagar los precios de las prendas importadas para entrenamiento, que eran hasta tres o cuatro veces más caras. Aprendió a cortar, trazar y diseñar. Con cada venta, con cada prenda, fue construyendo una comunidad.

Hoy, Bunny Studio es un espacio diverso. Llegan mujeres que al inicio se cubren con ropa larga y días después se les ve entrenando en shorts cortos, liberadas de la vergüenza. También llegan hombres heteroxuales que descubren que el pole es una disciplina universal que requiere de esfuerzo físico, talento artístico y carácter.

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La historia de Daniel es la de un hombre que llegó al pole por enamoramiento, que lo abrazó en medio del duelo y que lo convirtió en un proyecto de vida. Es la prueba de que el pole dance no tiene género ni etiquetas: es fuerza, comunidad y resiliencia. Y cuando Daniel gira, como cada vez más personas lo hacen, confirma que desafiar la gravedad es también desafiar los prejuicios.

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