El sueño guajiro de Emilio

Durante las últimas semanas, Emilio Azcárraga ha expresado su intención de replicar el modelo de negocio del Estadio Alfredo Harp Helú —casa de los Diablos Rojos del México de béisbol— en el Estadio Banorte, otrora Azteca. Sin embargo, copiar un modelo no asegura los mismos resultados, y mucho menos en el caso de un equipo como el América, que dista mucho de ser como los pingos de la capital.
El sueño guajiro
La estrategia que busca aplicar el grupo Ollamani, dirigido por el heredero de las glorias de “El Tigre” Azcárraga Milmo, se basa en “pilares de hospitalidad”. Es decir, una oferta gastronómica de alta gama, mayor permanencia del aficionado en las instalaciones previo y posterior al partido, e incrementar las experiencias del ecosistema deportivo y de espectáculos gracias a una inversión de más de 200 millones de dólares en remodelaciones. Esta cifra se respalda con un crédito de 2,100 millones de pesos facilitado por Banorte; de ahí el nuevo nombre del estadio.
Estos tres pilares suenan como toda una apuesta lógica, segura y ganadora para un recinto que, desde su remodelación para la Copa del Mundo, no ha registrado un solo lleno, o al menos entradas donde el estadio luzca medio lleno o medio vacío (según como se quiera ver).
No dudo que la estrategia sea un éxito en cuanto a conciertos, juegos de la Selección Mexicana de futbol, partidos de la NFL, torneos de tenis e incluso espectáculos de monster trucks o de la NBA.
Sin embargo, la rentabilidad se verá mermada durante los juegos de futbol porque el sueño de igualar al Estadio Alfredo Harp Helú en este rubro será nulo, amén de la posibilidad de albergar juegos de finales.
El triunfo a la diabla
Los Diablos Rojos del México tienen 86 años de arraigo en la Ciudad de México, 18 campeonatos y estancias en cinco estadios diferentes, todos en la capital. Inicialmente, la novena escarlata compartía la afición con los Tigres Capitalinos, quienes en 2002 se mudaron a Puebla y posteriormente a Quintana Roo. Esto dejó a los pingos con una base enorme de fanáticos, muchos de los cuales abandonaron a Tigres para abrazar la franela roja.
El paso por recintos míticos como el Parque Delta, el Parque del Seguro Social, el gigantesco Foro Sol y el pequeño pero acogedor Fray Nano solo fue el preámbulo para cristalizar el sueño de don Alfredo Harp: tener su propio estadio. Si bien este se encuentra en la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, el Gobierno de la Ciudad de México otorgó un Permiso Administrativo Temporal Revocable con una vida prorrogable de hasta 30 años. Esto le dio a la novena escarlata la posibilidad de tener su propia casa, un inmueble valuado en 3,000 millones de pesos que requiere 29.5 millones anuales para su mantenimiento. Al final, ese estadio es un triunfo anhelado para los Diablos y su errante afición.
Este recinto cuenta con un museo, estacionamiento, baños limpios, jardines, activaciones y colaboraciones con marcas de alto impacto (Star Wars, Spider-Man, Peanuts, Looney Tunes, cultura japonesa). Además, ofrece una variedad de alimentos que va desde agua embotellada en 50 pesos hasta los tradicionales tacos de cochinita, pasando por hamburguesas, pizzas, bebidas espirituosas, dulces, donas, sopas e incluso chicharrón norteño; con entradas que oscilan entre los 80 y los 1,000 pesos.
Son elementos que han hecho de la visita al estadio una experiencia amable que trasciende el partido de béisbol. Han creado un sentido de pertenencia en una afición familiar que busca mantener esa unión y referencia con la marca al interior del estadio. Incluso, antes de iniciar cada partido y de presentar las alineaciones, suena una advertencia en el sonido local: “Cuidado, porque de los Diablos Rojos del México te enamoras”.
De hecho, estos últimos elementos son la gran clave: amor y pertenencia. Al ser el único equipo de la ciudad y ahora contar con estadio propio, el club está cultivando arraigo constantemente, al grado de que ya no solo hay Diablos Rojos del México en el béisbol, sino también en la Liga Nacional de Baloncesto Profesional (LNBP).
Ódiame más
De los 115 mil asistentes que albergaba al momento de ser inaugurado, el Coloso de Santa Úrsula ahora tiene una capacidad de 87 mil personas en la zona de gradas.
En el Torneo Clausura 2024, el América metió a 170,386 personas. Es decir, un promedio de 17 mil aficionados por partido en un estadio que pretendía llenarse con al menos 84 mil.
Y estos son solo los tristes números. La experiencia de ir a ver el fútbol en el Estadio Banorte-Azteca es muy distinta a la realidad que Azcárraga visualiza. Sería genial que él y sus directivos dejaran su palco para vivir la experiencia a “nivel calle” de cualquier asistente que desea unirse a las filas de su equipo.
Con precios que superan los 482.41 pesos por partido (comprando el abono anual más barato, que puede incluir finales) y que alcanzan hasta los 40,326 pesos por 17 partidos al año, el costo se vuelve impagable para muchos fans de las Águilas que quieren ir en familia. Además, el equipo se divide a la afición capitalina no solo con Cruz Azul y Pumas, sino también con Chivas y ahora hasta con unos cuantos atlantistas que festejan el regreso de su escuadra.
El hecho de que el estadio luzca los colores de Banorte y no los azulcremas da a los aficionados la sensación de no ser locales, de ser ajenos al recinto. Además, por su gran tamaño, un abono de más de 8,000 pesos significa una vista muy alejada de la cancha que quizá no lo valga.
Sumemos a ello, las exigencias del público que sí gusta del fútbol y que no pueden ser atendidas de forma directa en esta nueva estrategia de negocios: un torneo mediocre, equipos carentes de personalidad, partidos que pueden rayar en el ostracismo y una liga sin ascenso ni descenso (exigencia constante de la afición).
Además, el espectáculo no permite pausas o las minimiza, a diferencia del básquetbol, el béisbol o el fútbol americano, donde cada interrupción se vuelve una fiesta en las tribunas. Es un ritmo que el fútbol simplemente no puede tener.
Pero el punto más crítico que la directiva de Ollamani no ha visto se llama afición. Peleas constantes, inseguridad para los visitantes, un ambiente agresivo y poco familiar, gente que va a emborracharse o a consumir estupefacientes, y una mística que grita “¡Ódiame más!”… y vaya que lo lograron.
Es odioso ir a ver al América, lejos están las épocas de querer ser el villano preferido y necesario, la mentalidad está cambiando e ir, ya sea como aficionado al deporte, porra visitante, aspirante a ser fan de un equipo o simple espectador, es odioso trasladarse hasta el sur de la ciudad para que te bañen de cerveza —o de algo peor— en cada gol; caminar por los pasillos con el miedo a que te golpee un desadaptado sin que haya policía para apoyarte; o temer cruzarte entre las barras y terminar en una batalla campal. Es decir, la antinomia de la hospitalidad.
Y eso es lo que en verdad debería preocupar a Azcárraga Jean y a Ollamani: cambiar ese ambiente, esa mística y esa actitud, antes de querer vender “experiencias” caras que, por culpa de esa misma afición y mentalidad, resulta preferible evitar y que vuelven guajiro un sueño de negocio muy bien intencionado.
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*Pepe Rodríguez es especialista en comunicación externa e interna, relaciones públicas y manejo de crisis mediáticas, además es coordinador del sector negocios en Kaizen Comunicaciones.

