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31 marzo, 2026 by Artes y Entretenimiento, Cultura, Equidad

Especial Pole Dance: Cuatro historias que desafiaron la gravedad I Historia II

Por: Uriel Naum Avila

Fotografía: Japuaro

Un cuerpo que gira en el aire, sostenido en un tubo metálico, puede parecer un espectáculo de destreza o un movimiento provocador. Pero quienes practican pole dance saben que ocurre algo más: cada giro es una forma de soltar cargas, de transformar cicatrices en movimiento, de habitar el cuerpo con orgullo.

En Latinoamerica, esta disciplina que muchas veces quienes no la conocen a profundidad la reducen a un baile exótico en la penumbra de un club nocturno, se ha convertido en un espacio de pertenencia y resistencia, donde mujeres y hombres encuentran una manera de reconstruirse, desafiar estigmas y reclamar el cuerpo como territorio de dignidad.

Exige fuerza, disciplina y entrega, pero también ofrece algo que no se mide en músculos ni en flexibilidad: la posibilidad de sanar. Quienes se aferran al tubo metálico, descubren que puede ser un lugar seguro, un refugio, un asta donde la bandera es el cuerpo y ondea a ritmo de la libertad.

Estas cuatro historias son prueba de ello. Son relatos de personas que, al abrazar el pole dance, aprendieron a desafiar la gravedad con el cuerpo y la vida misma. Historias que muestran que no solo se trata de una disciplina, sino de un acto de reconstrucción, un recordatorio de que, incluso en la adversidad, siempre se puede volver a girar.

Historia 2. Un bunker contra el machismo

Vianney Mejía tiene 39 años. Es abogada en el ámbito de lo familiar. Su mundo cotidiano transcurre entre litigios, sucesiones y tribunales donde, como ella misma dice, “ser mujer es, casi siempre, una desventaja, ya que lo que domina en ese ambiente son códigos impuestos por los hombres”.

Su acercamiento al pole dance comenzó hace 11 años, casi por casualidad. Tras perder peso de manera inesperada, un médico le advirtió que no recuperaría masa corporal sin ejercicio. Buscando opciones, llegó a un estudio frente a su oficina, y fue su esposo quien le sugirió probar suerte en ese lugar.

Vianey dudó en integrarse a las clases. El tabú de que era “solo para teiboleras” le pesaba demasiado. Pero apenas aprendió unos giros básicos, se convenció que era lo que deseaba practicar. “Sentí mi cuerpo ligero y eso me encantó”, recuerda. Durante dos años asistió todos los días. No hubo excusas ni pretextos para no acudir, fortalecerse y volver a ganar peso.

El pole le reveló algo que nunca había visto en sí misma: fuerza. Descubrió que podía escalar, sostenerse, ganar flexibilidad. “Hoy, si no entreno, siento que mi día no está completo”, dice. Durante la pandemia de COVID-19, cuando los juzgados cerraron, adaptó el vestidor de su casa como miniestudio y colocó un tubo. El pole fue su salvavidas frente al encierro. Hoy ese mismo tubo lo tiene en su propia oficina, donde practica en sus tiempos libres.

Recuerda que cuando comenzó a compartir que hacia pole dance, las voces críticas se hicieron sentir con tal fuerza, que la llevaron a dudar, otra vez, sobre su gusto por el pole. “Un tío me escribió en redes que era una vergüenza, que si fuera su hija le daría pena”. Ese comentario la hirió, pero su esposo, de nueva cuenta, le recordó que lo importante era lo que ella sentía. Desde entonces, Vianey comparte sus logros solo con un círculo cerrado de personas que comparten el gusto por esta disciplina.

Fue de esta forma que por el pole desarrolló en ella resiliencia. “Te muestra que no puedes evitar lo que duele, tienes que enfrentarlo y trabajarlo hasta lograrlo”, explica. Como el Frenchman, su figura de pole favorita, que requiere abrir las piernas en forma de split horizontal, y que le costó meses de dolor y esfuerzo dominar.

Te invitamos a leer también la historia de Karla, quien el pole dance le enseñó que el dolor no se evita, se atraviesa.

“Esa figura resume mi manera de vivir”, dice, y no solo en el pole: también en la abogacía, donde aprendió a plantarse con firmeza frente a prejuicios. El pole le dio la confianza de saberse suficiente, sin importar si usa falda o pantalón. Su estilo favorito, el exotic hard, es rudo y aéreo, sensual y liberador: el contraste perfecto con la rigidez de los juzgados. Ahí, entre giros y adrenalina, hoy se reconoce, se afirma y se libera.

Te invitamos a leer también la historia de María Luisa, una señora de 87 años que practica Pole Dance.

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  1. […] Te invitamos a leer también la historia de Vianney Mejía, una abogada que encontró en el Pole Dance un espacio fuera de los tr… […]

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